viernes, 22 de julio de 2016

C'est Moi

Sin mucho que decir de sobre lo que soy.
Hay una loza pesada como granito que es mi vida, un pasado que desgarra mi alma, un presente que tenía esperanza y se convirtió en dolor, un futuro oscuro como un interminable túnel hacia ninguna parte.
Esta piedra no solo ha lastimado mi ser, también de quienes amo, ya que en ella están grabados los nombres y los tiempos que se transformaron en ominosos recuerdos, en demonios que atormentan y consumen como fieras hambrientas un cuerpo y un alma mermada y sin lugar en este mundo.
Mis errores cobraron vida propia, mutaron en tormentas interminables. He solucionado, trabajado y caído ante estas abominaciones que se han poseído a quienes más amo.

Como no sentir soledad y desasosiego cuando veo como mi mundo se consume en ardientes llamas de odio, donde el amor se evaporo y condenso en nubes cuya agua no caerá sobre este infierno, el viento sabio y cruel se las está llevando lejos de mi alma.


El inicio que ocurrió solo porque sí.
He contado mi historia en un sinfín de ocasiones, pero esta vez es un ejercicio de autoconciencia y autoconocimiento final. Esta historia la estoy cuento para mí mismo y a su vez a mis hijas y mi hijo, a mis amigos, a conocidos, familiares y a aquellos que creían conocerme o decir que sabían quién era yo.
Muchas personas se auto empoderan para decir quien es quien, darle características, virtudes, defectos y hasta valorarlo como una buena o mala persona. Todo va en razón, si es que tiene idea del concepto de razón, de simpatía, empatía o en muchos casos antipatía, de conveniencia, de cariño, afinidad, repulsión y demás juicios de valor que lo único que hacen es etiquetar y encasillar.
Pero vamos al principio, desde luego no estoy hablando de las raíces familiares, étnicas etc.
Algo de lo que puedo presumir es de una memoria razonablemente buena y de ser un aficionado a leer y escuchar historias. Mi historia comienza, según yo el día que nací. Se puede hablar sobre la vida en el utrero, pero eso es una pre cuela que quien conoce mejor es mi madre.
Siempre creí que había nacido en martes, me sentía marciano, incluso en el sentido de ficción, un marciano en la tierra. Y eso al final fue cierto, nací según los registros un martes 14 de marzo de 1979 a las 11:45 de la mañana. Ese día según los anales de la historia mara acontecimientos que probablemente sean un karma histórico, por ejemplo:
·         El mismo día en años anteriores;
-          44 a.c. La noche de este día Casca y Cayo Casio Longino, cabecillas del atentado contra el Emperador Julio Cesar afinan los detalles del asesinato.
-          1492. La reina Isabel la Católica promulga una orden para que los judíos españoles se conviertan al cristianismo o de lo contrario serían expulsados de Hispania.
-          1519. Este día Hernán Cortés desembarco en las costas del Golfo de México para iniciar la conquista. Todo inició con 700 hombres.
-          1804. Nace Johann Strauss. Uno de mis compositores Favoritos. Obvio.
-          1833. Murió Karl Marx. Lo mejor que me queda de él es una biografía llamada “El Prometeo de Tréveris”. Solo por lo que leí ahí inicio una cierta fascinación por la dialéctica materialista.
-          1879. Nace Albert Einstein, y me gusta pensar que mi segundo nombre es Alberto en razón a esto y no a otra cosa.
-          1933. Nace Michael Caine. Si hicieran una película de mi vida y el estuviera joven, me hubiera gustado para personificarme.
·         En ese día, en ese año;
-          La ciudad de México sufre un temblor de 7.6° causando la perdida de la Universidad Iberoamericana. Afortunadamente sin víctimas.
Estos datos tal vez a ninguno le interesen, pero para mí han sido parte de la búsqueda de quien he soy, o quien fui. Las casualidades, designios divinos, caminos misteriosos y demás complejidades que tiene la vida a veces dan detalles que al menos a mí me agrada pensar que cósmicamente nací en este día. Aunque a veces la realidad me dice que nací en este día simplemente porque así fue el tiempo de parto, sin más razón y sin ningún bagaje histórico.

Este acontecimiento se dio en una clínica del centro de la ciudad de Aguascalientes. Las versiones de mi nacimiento provienen de lo contado por mi madre, mi nana, abuelos y uno que otro conocido que se percató del suceso, ya que este no fue un acontecimiento como el común de los nacimientos. Fue un nacimiento sobrio, sin la algarabía de muchas familias que todos están en espera del nuevo integrante.

Cuenta mi madre que se encontraba solo al momento de tener que ir a la clínica. Eran cerca de las 8 de la mañana cuando comenzó a sentir los dolores de parto por lo que sola se dirigió a ser atendida. Los dolores no eran fuertes, según ella era un momento que esperaba y el cual no le causaba dolores. De hecho me contaba que el parto fue rápido y sin dolor. Ella se encontraba sola en el cuarto y yo en los cuneros, ambos marcados por esa conexión de soledad desde ese momento.
Un par de horas después mi hermano mayor dio aviso a mi papá, a los abuelos maternos y paternos, a mi nana, y a algunos vecinos de esa solitaria casa que fue mi hogar durante 22 años.
No había nada preparado, la ropa que se me puso en la clínica la llevo mi nana, quien desde ese momento hasta el fin de mis tiempos me ha dado un gran amor y cariño, un amor maternal sin lazos sanguíneos, puro y desinteresado.

Nací de una familia quebrada por tantas razones, mitos, secretos y versiones. Esa no es mi tarea describir por el momento. Solo puedo decir que fui concebido por un hombre llamado José de Jesús y una mujer de nombre Ma. Esthela. Ma. Se llamaba por un error en el registro civil, pero todos la conocían como María Esthela. Mi padre no se presentó a conocerme hasta un par de días de haber nacido, solo él sabe que sintió cuando me vio por primera vez. Espero que haya sentido lo que yo sentí cuando nacieron mis hijas y mi hijo.

Tambien, cuenta mi nana y mi mamá, que era un bebe muy paciente, que no lloraba y dormía mucho, incluso ellas me despertaban para que hubiera algo de sonido en esa casa de escasos muebles donde estaban el par de amigas y compañeras con un bebe y un futuro en el que tenían alguna esperanza. El esperanzarse de algo tal vez no sea lo mejor, idealizar no siempre es buena idea.

Nunca he visto una foto mía de recién nacido, al parecer mi primer registro fotográfico al parecer fue al cumplir un año. Foto tomada en casa de mis queridas mentoras, las Señoritas Santos Padilla. Personas de amplia cultura, conocimiento y visión del mundo y sus alrededores.
La información sobre mi etapa de bebe es vaga y no muy amplia. Sinceramente la vida de un recién nacido se reduce a comer, dormir, defecar y de vez en cuando hacer trompetillas.

Algunos familiares dicen que era un bebe bonito, risueño y hasta agradable, después se preguntan que me pasó. Lo que sí puedo decir es que el parecido que tiene mi hijo Aarón a sus casi tres meses de edad con esa fotografía mía de casi un año es muy notable. Ojala y el su mamá pudieran ver algún día esa foto.
Y en este punto me sigo preguntando, ¿para que nací? ¿Quién imaginaria que ese bebe se convertiría para los ojos de muchas de las personas que he amado en un monstruo?

Los sentimientos encontrados y conflictos de emociones se apoderan al recordad y escribir. Pensar en esa inocencia y ver el infierno que he incendiado y he arrastrado causa más dudas sobre la razón de mi existencia. Dentro de tantos defectos que tengo, hay uno que remarcar, puedo descifrar problemas, resolver situaciones de terceros, pero lo concerniente a mí mismo ni con ayuda he podido resolver.


La infancia y recuerdos que no son nada vagos.
Hay eventos que recuerdo cuando tenía 3 años. Por ejemplo esas mañanas donde salía corriendo de casa de mi mamá y recorría una distancia enorme de 10 metros para llegar a la casa de mis señoritas Santos, donde con la euforia de un niño que espera un regalo intangible como el cariño gritaba, “Chabelita, Merceditas, Ábranme”. Un par de minutos tardaba en abrirme la puerta de la entrada a una casa hermosa, llena de paz, pintoresca y única. Una casa con una cochera en la entrada con algunas macetas de helechos, jazmín, huele de noche, cuna de moisés y un rosal en el centro. Con un color blanco en las paredes que siempre estaba impecable. Una mesa de jardín que se retocaba cada 6 meses para no perder su brillo y blancura. Al entrar a la casa había un recibimiento cálido por Merceditas, quien regularmente abría para recibirme. Corría hacia el cuarto donde estaban descansando y de un salto me metía en la cama y me tapaba con las cobijas. No puedo negar que fueron los años más felices que recuerdo. Sin preocupaciones más que ir a visitar a mis mentoras, acompañado de par de osos de peluche, los cuales había heredado sin querer de mi hermana mayor Tere, que a la edad de 3 años había dejado este mundo a causa de la leucemia. Evento que marcó un hito familiar y una grieta sin fondo en el corazón de mi mamá y de mi papá.

Después de saltar por un momento en la cama y dar los buenos días junto a mis inseparables amigos de peluche llegaba el momento de desayunar. Nos sentábamos los 3 humanos y los dos imaginarios peluches en una antigua mesa austriaca de madera, que relucía como una joya en esa sala adornada por muebles del mismo estilo. En esa mesa aprendí a comer con cubiertos, manteniendo la boca cerrada y respetando los tiempos para hablar. Aprendí a tomar los alimentos como un adulto educado y disfrutando de lo que para mí era un manjar matutino. En esa mesa también tome mi primera taza de café, acompañado con algo de leche. También me sirvió de refugio para jugar que me encontraba en una nave que viajaba por las galaxias, y como refugio para cuando veía discutir a mis papas y salía corriendo de la casa a esconderme a ese lugar.
Después del desayuno y levantar los trastos llegaba la hora de aprender. Cada una de mis señoritas comenzaba a platicarme una historia, sobre todo a sembrar en mi la iniciativa por investigar y el amor a los libros. Cada pasaje estaba lleno de detalles y llevaba una moraleja. Me contaban desde historia universal, religiosa, una apasionada historia de México, crónicas de la ciudad de Aguascalientes y terminaban por platicarme sobre mi familia, siempre resaltando los valores y bondades, que a veces yo no entendía donde habían quedado.
En esa casa también aprendí a ver la humildad, que para mí no es más que la aceptación de que todos necesitamos de todos y que en el pedir está el dar y en el dar está el recibir.

Poco después de avanzado el medio día llegan a esa casa un par de amigos de la infancia que nunca podre dejar de extrañar, Cesar y Manuelito. Éramos como los 3 mosqueteros, desde luego sin D'Artagnan. Ese no era un mosquetero. Cada uno con una personalidad, un carácter y una vida destinada a algo. Al menos así parecía. Aquí conocí la amistad, 3 niños los cuales vivían sin preocupaciones, cuyo mundo era explorar esa cuadra, sin salirse de la frontera prohibida, la siguiente calle. Siempre juntos los 3, también ahí comenzó mi constelación de amistades, siempre que me juntaba con amigos éramos 3. Hasta hace algunos meses donde los últimos 3 nos separamos.
En casa de las señoritas siendo un niños muy pequeños comenzamos una serie de visitas diarias y hasta nocturnas que duraron hasta que llegamos a la edad de estudiar la escuela secundaria, donde todo cambio para todos.

Entre más recuerdos de esa época pre escolar están destellos de que alguna vez había alegría innata y pura en mí. Á veces en las tardes solía acompañar a Merceditas a su trabajo. Era directora de la biblioteca de la Casa de la Cultura del Estado, duró ahí solo 43 años dejando un legado memorable.

Esa biblioteca me vio crecer en muchos aspectos, ahí aprendí a leer, a conocer sobre libros, clasificaciones y que escribir se convirtió en uno de mis sueños. Mis primero acercamientos a la literatura fueron unos cuentos editados e impresos en español por el gobierno chino. De hecho mi primer libro me lo regaló mi gran amigo Daniel, un ilustrado y culto biblioteconomo que me dedico una frase que hasta el paso de los año da una pista de quien he sido, un contador de historias. “Julio, ¿Cuantos cuentos cuentas con este cuento?”. Fechado en 1984 “El Hacha de Oro” es una de mis posesiones más preciadas por su valor personal.

Esa infancia estuvo llena de eventos que recuerdo de manera clara. Hay los momentos maravillosos y los momentos tristes que durante años no supe asimilar. Todo transcurría en un mundo con contrastes y claros oscuros. Escuchando historias que me llevaría una saga interminable escribir.

Las semanas parecía que transcurrían sin novedades, pero no, siempre había algo nuevo. Recuerdo esos martes en los que mis abuelos maternos llegaban temprano a casa de mi mamá y desayunaban. Canichito, mi abuelito nos contaba sus “charras” acompañado de un preparado energético que consista en un par de blanquillos en un vaso acompañados de Coca-Cola. Lo tomaba de un solo trago y después se disponía a desayunar. Pachita, mi abuelita, gustaba de platicar de “el rancho”, que se refería a donde vivían parte del año, el Puesto Jalisco. Platicaba de lo sucedido, de las comadres, de sus hermanas. Mis abuelos fueron una pareja como pocas he visto en mi vida, juntos a pesar de los caracteres, los problemas, las desavenencias y enfermedades. Fuertes y a veces arrogantes disfrutaban de la vida como pocos. Gustaban de viajar y recorrer playas, ranchos y demás lugares donde se hacían de amigos y personas que les querían.

Esos días eran felices, al menos eso recuerdo, y a veces me ponía a jugar con un portafolio plástico samsonite pintado de color gris por mi hermano mayor. Ese portafolio lo usó para la escuela, después lo abandono para yo tomarlo como base de juego de mis muñecos. Ahí guardaba mi Darth Vader y los soldados imperiales en un compartimento. En otro estaba Luke, Han, Chewy, Lando y otros personajes de Star Wars. Cuando terminaba de jugar a viajar en galaxias los guardaba y sacaba de una bolsa del mismo portafolio a Batman, Superma, Aquama, Flash, Lex Luthor, Joker y un desconocido para continuar con batallas de super héroes.

Regularmente jugaba solo, siempre cuidando de esos muñecos, los cuales están guardados en una caja con recuerdos que me quedan. Quien diría que termínanos siendo recuerdos, en ocasiones lleva tiempo en volvernos recuerdos, otras veces en una sola semana nos volvemos una historia más en la vida de alguien.
En esa época mis hermanos mayores, Isidro y Amelia se la pasaban en la escuela y en casa de mi Mamá Amelia y Papá Isidrito, mis abuelos paternos y a los que les debo haber tenido escuela entre otras cosas.

Llegaba el fin de semana y el ambiente cambiaba. Mis hermanos a veces en fin de semana se iban a casa de Mamá Amelia y yo me quedaba con mi mamá. Chelo mi nana se iba a su casa a ver a su familia. Mis amigos salían con sus papás. El tiempo se hacía eterno y un poco tedioso.

Dentro de los pasajes que recuerdo, aunque mis hermanos deben recordar mejor que yo era ciertas noches que un sonido de claxon nos levantaba. Llegaba mi papá.
Hubo noches que pasaban pacificas cuando llegaba, pero los recuerdos más latentes era cuando comenzaban a discutir mis progenitores y todo terminaba mal para mi mamá. Todavía hay noches que sueño con los gritos y los sonidos de los golpes que mi papá le daba sin piedad a mi mamá. Mi nana metiéndose para protegerla y recibiendo de igual manera los golpes. Nunca olvido una noche en la que solo veía como caía el cabello de mi mamá al piso. Cabello que era arrancado por las grandes manos de mi papá. En fin, así son los recuerdos, recuerdos que van y vienen, siempre nítidos, el problema es darles orden y plasmarlos sin que las lágrimas me traicionen.