lunes, 1 de agosto de 2016

C'est Moi - II

La escuela comienza y la realidad me alcanza.
Para muchos el primer día de escuela primaria es un hito en el camino de la enseñanza, pera mi fue un día traumático.
El kínder había pasado, con cierta normalidad, la ilusión de la primaria comenzaba, yo quería ser como mi hermano, al final de cuentas iba a estar en el mismo colegio, que aborrecí como un vampiro aborrece el ajo. Todo comenzó un 2 de septiembre de 1985, la entrada a las 8 de la mañana en un portó color café y cuyo pasillo conducía a un patio similar al de una prisión. Un lugar oscuro y con un aroma a miedo. Recuerdo que la bienvenida fue al formarnos en fila. Todos los nuevos estábamos platicando y viendo como todos demás grupos de los niveles superiores en orden y silencio permanecían.

Una voz chillona y autoritaria hizo una aparición en el altavoz gris que colgaba de una esquina del patio. Ese sonido era el sonido de la autoridad máxima, de una persona temida no solo por su conocida disciplina, sino por su arrogante apariencia. La directora Carmelita, una mujer de edad muy madura y con un cabello que parecía el de la maestra Godzilla de Cachun Cachun Ra-Ra. Estatura baja y con un traje sastre color azul marino, blusa blanca y moño azul con puntos blanco.

Daba la instrucción de ingresar a los salones. Mi salón se encontraba en el primer puso, el primer salón después de las oscuras escaleras en color cemento. Ahí me tocó sentarme en la segunda banca de un la primer hilera de 3 que había. Un mesa banco que se compartía con otro compañero. El otro infortunado que le toco junto a mí era un niño al que le decíamos el Churrumaiz. Alguna vez en la época universitaria me lo encontré y el joven Luis no había cambiado casi nada.
Ya una vez todos en sus lugares llego la maestra de Primero A. nada que ver con las dulces maestras del jardín de niños Macías Peña. Una anciana que yo calculaba que era más vieja que mis propios abuelos, incluso llegue algún tiempo a pensar que ella era la mamá de Skeletor y alguna espere que la mencionaran en la caricatura de He-Man y los amos del universo. Decían que ella había sido maestra de incontables generaciones, algo así como el maestro Yoda pero con muy mal carácter y una regla de madera la que azotaba en las bancas.
La maestra Josefina imponía no solo por su edad y cadavérico rostro, sino también por su ronca voz que con un tono autoritario daba instrucciones a unos niños de 6 años como si fueran adultos. El primer día había comenzado y no era lo que yo había imaginado.
Ese mesa banco de color gris claro, hecho de madera que ya con tantas pintadas parecía un mueble antiguo, poroso y pesado, fie el comienzo para mí de una condena. Según yo eran alrededor de las 10 de la mañana, casi hora del recreo de los grupos de primero a tercero, cuando por algún motivo me desvanecí y caí debajo del mesa banco. Fue una ausencia y la primera imagen que vi cuando abrí los ojos al recuperar la conciencia fue a la maestra sacándome de un brazo por debajo del mueble. Me levanto de manera brusca y gritándome -que te pasa, aquí no se viene a dormir- mientras me jaloneaba y sacaba del salón. Yo le quería explicar que me había desvanecido, no sabía que era eso, nunca lo había sentido. Me dejo unos momentos fuera del salón en lo que salían mis compañeros al recreo. Me metió al salón y el primer día de clases me dejaron sin recreo por desmayarme.

Mientras veía como jugaban todos los niños en el patio la maestra cerró la puerta y me quede esperando a que alguien me dijera algo. Saque mi sándwich de mermelada de fresa en pan blanco, envuelto en una servilleta de manera tan cuidadosa que ni una gota de mermelada chorreo por algún lado.
Junto a mi lugar estaba la ventana, cubierta con unos barrotes, como para prevenir que alguno de los alumnos quisiera escapar. Unos barrotes que vi durante varios años. El día acababa y yo solo quería llorar.
Al salir de la escuela mi mamá estaba en la puerta esperándome. Corrí y la abrace, desde ese momento sabía que no sería fácil seguir los pasos de mi hermano en la escuela.



La Primaria.
Ya acostumbrado al ambiente, disciplina y uniforme, hice lo único que podía, aprender. Esto fue tan sencillo, había dos sombras que cubrían mi existencia escolar. La primera era la imagen intachable y de niño aplicado y ejemplo de mi hermano mayor. Siempre buenas calificaciones, cuadro de honor, presencia ante los maestros y directora, todo un orgullo para la escuela y para mi mamá. La segunda el ser señalado como hijo de padres separados. Lo bueno era que estaban separados para efecto de este término ya que divorciados era una cosa más grave.

Siempre he gustado de soñar, despierto o dormido, soñar ha sido mi único escape de la realidad. Pero en esta escuela no estaba permitido soñar, ser distinto, tener humor o ser creativo. Un buen día, a mediados del primer año, se me ocurrió la idea de forrar uno de mis cuadernos a mi gusto. Un cuaderno de forma francesa de cuadro grande marca Scribe. Mi forro era muy sencillo, recorte una imagen de He-Man sosteniendo su espada y clamando por el poder de Greyskull. La pegue en el centro del cuaderno y me sentía orgulloso de mi obra. Para mí un gesto de originalidad y que quería dar a conocer que me gustaba dicha caricatura. Al principio del día no había pasado nada fuera de lo ordinario, pero al salir al recreo y cerrar mi libreta, algunos de mis compañeros vieron la imagen y comencé a recibir halagos por ese cartoncillo. Esa imagen la saque de la caja de uno de mis muñecos, lo que notaron y me preguntaron qué cuantos juguetes de esa caricatura tenia, que si quería jugar con ellos en casa de algún compañero, etc.

La maestra se percató del revuelo que causaba mi cuaderno y a su velocidad de 3ª edad lo tomo de mi mesa banco y arranco la portada con enojo llegado a punto de odio. Me observo y lo primero que hizo fue jalarme la oreja derecha y decirme que eso no estaba permitido. Un castigo por ser creativo.
Afortunadamente ese año termino y las vacaciones llegaron.
La vieja rutina de correr a casa de las señoritas Santos a jugar y platicar, juntarme con los otros dos mosqueteros y disfrutar de jugar en la calla hasta las 7 de la noche. Ver caricaturas toda la tarde, no importaba soportar al tío Gamboin, personaje que en lo personal me era nefasto.
Una mañana de sábado, antes de salir de vacaciones, había mucho revuelo en la casa, me llevaron a casa de las señoritas Santos y me quede ahí viendo como todos murmuraban sobre un suceso que no querían se diera a conocer o al menos que algunos escucháramos. Lamentablemente las noticias son como el agua, por mucho que se les trate de contener y cambiar su rumbo siguen su ruta y llegan a donde tiene que llegar.
Al estar en la calle, una vecina de la casa contigua a la izquierda de mi mamá me ve en la calle y me pregunta –oye mijo, ¿ya sacaron de la cárcel a tu papá?-.
La pregunta me dejo frio, mi papá estaba en la cárcel. Corrí a casa de mi mamá y le pregunte qué había sucedido. No me respondió en ese momento. Ella había ido a una cárcel en Lagos de moreno la noche anterior a ver a mi papá, quien la corrió de ahí. Era cierto, estaba preso. Las razones y todo esa historia trascurrió mientras yo me sentía ajeno al mundo. Mi hermano mayor soportó como algunos vecinos y compañero de la escuela le mostraban el periódico con la noticia. Mi hermana lloraba. El caos estaba presente.
Los días pasaron y mi mundo volvió a la normalidad, para mí solo quedo en un suceso y una noticia de la cual hasta años después supe la verdad.

Llego el segundo grado, un alivio para mí. Fue uno de los grados que más me gustaron, por lo menos ya la maestra no era una momia con mal carácter, era una maestra normal. El salón era distinto, ubicado en la segunda planta de ese edificio arcaico, con ventanas sin barrotes y donde la luz del sol podía entrar ya que estaba por encima de la una barda que impedía la luz en las zonas inferiores de la escuela.
Mejore calificaciones en esta etapa, desde luego en la primaria y secundaria mis notas escolares no eran las mejores, y sí, había una razón, un rechazo mental y emocional a estar en ese colegio. No me interesaba lo que ahí nos daban por educación. Para mí fue una condena de 9 años estar en esa prisión escolarizada. Lo único que valió la pena de haber estado ahí fue las amistades que todavía creo que conservo.

El tercer grado me complico la existencia. Una maestra que sin algún motivo relacionado con el desempeño se dedicó por puro deporte a atormentarme en las clases. Incluso esta llamada maestra de cabello rubio, obvio no natural, con aires de diva por tener ojos verde gargajo, y de altanera actitud hacia los de piel morena, se sentía como dicen, la última coca en el desierto. Ella personificaba muchas de mis pesadillas, incluso las que tenía cuando soñaba despierto. De su boca siempre pintada de rosa salía una serie de gritos descalificando y sometiendo psicológicamente a todo aquel que le hiciera molestar. En lo personal no puedo negar que fue una de las personas que más he detestado ya que su único aporte en mi vida fue escuchar cómo me insultaba. Llegue a tenerle miedo, sobre todo a la hora de los exámenes y juntas con los padres de familia, ya que sus comentarios sobre mi desempeño hacían que mi mamá volviera a la casa después de la reunión de firma de boletas enojada y lista para regañarme. Esta maestra insistía a mi mamá que la única opción para mí era repetir el año escolar. Una maestra no siempre es una buena persona. Un buen día acabo el tercer año y una pesadilla termino también.

Cuarto fue un año de nuevos conceptos, de nuevos amigos y nuevas cicatrices, especialmente físicas. En las vacaciones de verano viví la experiencia de entrar a un quirófano. Una apendicitis aguda que se estaba tornando en una peritonitis provoco esa visita a la clínica.

Todo comenzó un domingo por la tarde, mis señoritas santos nos llevaron a los tres mosqueteros a una fiesta infantil al salón de Cri Cri, a unas cuadras de casa de mi mamá. La verdad no sabíamos quien cumplía años, pero nos divertíamos en la fiesta. Nos dieron de comer muchos chetos y unos triángulos de pan con jamo que se presuma eran sándwiches. Esa tarde antes de la fiesta en casa de Manuelito habíamos hecho un reto que solo los valientes podían llevar a cabo. Cada quien comer 3 chiles. Pero no eran cualquier chile, eran unas pequeñas bolitas color marrón, muy característicos de la zona Noroeste de México. Era básicamente el fuego de un dragón en porciones del tamaño de un chícharo, el famoso Chiltepín, “oro rojo de Sonora”. Y ya entrados en gastos combinamos el comer estos chiles con unos doritos nachos sumergidos en vinagre de chile jalapeño. El ardor estomacal no me afecto en el momento.
Ya acabando el día me llevaron a casa de mi mamá, me despedí de mis amigos y me fui a dormir. Las 11 de la noche y nada sereno, comenzó mi penar yendo a vomitar al baño.

Vomite todo en cuanto tenía en el estómago, sándwiches, chetos, doritos nachos, y refresco de naranja. Comencé a sentirme débil pero no me despegaba de la taza, el vómito no paraba. Todavía entro a ese baño en casa de mi mamá y los azulejos, el lavamanos y ese color turquesa me recuerdan esa noche. Mi mamá primero entro regañándome por lo que había comido, y la entendía, enfermarnos era algo muy difícil para ella ya que sus recursos no eran suficientes para gastarlos en enfermedades y cuando acudía a mi papá para que la apoyara económicamente cuando nos enfermábamos él simplemente respondía; “no soy médico para curarlos, ni dios para salvarlos”. Afortunadamente mis tías paternas encabezadas por mi abuelita nos ponían en manos de médicos y costeaban los tratamientos.

Mi mamá al ver que la noche avanzaba y yo no reaccionaba de manera favorable se armó de una bata rosa y me puso un pijama para salir al doctor. Yo le decía que no se preocupara, que iba a estar bien, que se fuera a descansar.
Las horas se volvieron confusas y a mi parecer en la madrugada el doctor me estaba revisando. Ponía su mano en mi abonen, presionaba y soltaba para ver los colores que se reflejaban en la piel además de ver como brincaba la zona afectada. De ahí hubo un salto en el tiempo donde ya en quirófano solo ví como me pusieron la mascarilla y el anestesiólogo me digo con una voz muy grave; - haz una cuenta regresiva del 10 al 0, como si fuera el lanzamiento del Challenger-. Solo llegue hasta el 7.

Al despertar de la anestesia tuve vomito nuevamente, el mareo y la náusea se apoderaban de mí, la primer resaca de mi vida. Era de noche todavía en ese viejo cuarto del Sanatorio Esperanza, lugar digno para una película de terror. Ya un poco más recuperado de la náusea, pero inconsciente al final de cuentas, algunas visitas llegaron y sus voces eran ecos en mi cabeza. Mi mamá les comentaba que todo fue muy rápido, la emergencia ameritaba la cirugía, incluso el apéndice estalló cuando el doctor la estaba sacando.

Esa noche, por alguna razón, mi papá se ofreció a quedarse conmigo por si yo requería algo. Él estaba dormido en un sillón a mi izquierda. Yo desperté con ganas de ir a orinar y al verlo acostado le dije que quería ir al baño. No me respondió, su sueño era profundo como el olvido. No me había dado cuenta de que no me fajaron. Lento como era de esperarse, me levante de la cama, tome el atril con el suero en esa botella de vidrio que se balanceaba sostenida de un alambre chillón. Me pare frente a la taza, orine y emprendí el camino de regreso a la cama.
Ya una vez acostado en la oscuridad vi que las sabanas y mi abdomen estaban en color marrón. Le hable a mi papá y le comentó que las sabanas, la bata y yo estamos manchados y húmedos. El solo responde; -es yodo, todo está bien-. Minutos después, la enfermera de guardia llegó a revisarme como parte de su recorrido y al prender la luz desperté y vi que no era yodo, era sangre. La herida se abrió cuando fui al baño.

La enferma rápidamente solicitó apoyo y me ingresaron a quirófano a reafirmar las puntadas que se habían abierto. No tardaron mucho en arreglarme, fajarme y acomodarme para descansar.


Llegó el inició de clases y la escuela transcurrió como de costumbre, simplemente gris. 

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